¿Por qué de esto?, ¿por qué de esta idea?, ¿por qué no?
Bueno, damas y caballeros, ante ustedes Don Dídimo de Pagnolia, por las prefecturas de Puchiguanda. De profesión ser y de placer estar (o aprendiendo a hacerlo).
¡Ja! De esta manera quiero dar introducción a este proyecto al que al fin le he dado forma y lo he sacado a la luz. Encantado, ahora de una forma “más seria”, es un gusto que estés aquí.
¿Quién soy? Obviamente no me llamo Dídimo, ni soy de Pagnolia, pero sí te diré que tanto él como yo tenemos cosas en común. Pero para ti, apreciado lector, somos lo mismo: un desconocido más que se está abriendo al mundo.
De alguna manera, deberíamos cobrar por esto, por esta invitación a nuestra intimidad. A lo largo de los posts, escritos, ideas (y más sinónimos que se te puedan ocurrir), vamos a intentar reflejar, de la forma más entretenida y real posible, lo que sentimos, vemos o imaginamos. Dicho esto, como el famoso Destripador, vamos a ir por partes.
¿Por qué de esta idea? Porque yo, al igual que Dídimo (y seguramente tú, querido lector), solemos perdernos en esos mundos abstractos donde todo lo que es posible e imposible convive, que son nuestros pensamientos. “Pienso, luego existo”, diría aquel francés. Todo lo que es, existe o ha sido conocido porque alguien lo pensó en algún momento. (Aquí es donde me empiezo a agobiar yo solo, porque si mi querido lector es curioso, habrá pensado: “¿Cómo que ‘o ha sido conocido’?”). Sí, “ha sido conocido” y lo reitero. Lo que voy a decir ahora va a ser mi primera jugada, pero, si Dios existe, tú en algún momento lo conociste. Por otro lado, los trozos de metal que pesan toneladas que están en el mar existieron porque hubo un loco que dijo: “¿Por qué no?”. Entonces, hay cosas del mundo real que no existían y llegaron a ser porque las pensamos. Por otro lado, hay otras que ya existían y aún no las conocíamos (con estas dos ideas jugaremos bastante Dídimo, tú y yo, o eso espero, querido lector).
Volviendo al punto del que partimos, la pregunta: ¿Por qué esta idea? Es porque, partiendo de nuestros pensamientos más íntimos (en su mayoría), hemos decidido que queden plasmados en algún lugar. Lo estuvimos comentando con Dídimo y llegamos a ese acuerdo. Las ideas pueden ser tan largas, tan divertidas y tan estresantes que solo por esos adjetivos (y más que le podemos añadir) merecen la pena ser escritas. ¡Que nazcan! ¡Que crezcan! ¡Que tengan hijitos y sus hijitos se reproduzcan!
También se estará preguntando el querido lector (ya habrás notado que así te llamaré con cariño, no porque sea un disco rayado): “¿Por qué Dídimo es de Pagnolia? ¿Dónde está Pagnolia? ¿Puedo ir y explotarlo con mi moneda cara, hacer negocios y sacarle rentabilidad a la gente que vive ahí?”. No, lamento decirte que Pagnolia no existe. Prefiero darte ese spoiler ahora, antes de seguir en el camino. Pero mi pregunta es: ¿Qué importa? ¿Acaso es relevante? Si yo te dijera quién soy, nombre completo, ubicación y DNI, seguiría sin ser relevante. Lo importante aquí es la idea, no el emisario. Tanto Dídimo como yo no nos queremos llevar el rédito de esto, no queremos ser recordados. Lo relevante, reitero, es la idea, querido lector.
Muchas veces, cuando disfrutamos de algo o de alguien, hemos llegado a amargarnos la existencia solo porque conocimos algo que desconocíamos. Es cierto que hay que tener estómago para digerir el contexto, me explico: si eres un fanático del mundo romano o griego (ahí entra lo estoico, querido lector), seguro te sabes alguna frase de algún filósofo de algún lugar de Grecia. Pues muchos de esos genios tenían conductas que a día de hoy no estarían aprobadas (como tener relaciones sexuales con sus alumnos). ¡Pero ey! Tranqui, aquí no vamos a juzgar la otra cara de la moneda; como dije: lo importante es la idea. Gracias a las ideas el mundo cambia, se transforma, avanza y muere.
Entre mis vivencias y las de Dídimo, seguro que podremos decir algo interesante. Seguro, querido lector, que algo te podremos ofrecer; pero recuerda, a medida que pase el tiempo, serás tú el que tendrá un compromiso con nosotros y no al revés.
Dicho esto y no de otra forma, esta ha sido la introducción al camino de Dídimo (ni hablé del camino, pero ya sabrás de qué va). El camino es la vida misma; la vida se hace a cada paso que se da, así que este es nuestro camino, esta es nuestra vida, nuestra intimidad y te invitamos a entrar.
La idea y los personajes ya están puestos, el público expectante, solo nos queda llevarlo a cabo.
También quiero agradecer a una persona en concreto que tengo por seguro, al escribir estas líneas, que al escuchar la idea me habría dicho: “¿Por qué no?”. Desde aquí, desde mi corazón, te envío un abrazo.
Por último, espero que estés bien. Eso ha sido todo por hoy, sin más, como dijo una vez un sabio… Chao, y muchos lo apodaron el Pescao… o eso cuenta la leyenda.